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La paz empieza al reconocer en el otro a un hermano, indicó el Papa, en primera Eucaristía del año 2010
03 de Enero de 2010
“Meditar sobre el misterio del rostro de Dios y del hombre es una vía privilegiada que conduce a la paz”, indicó.
“Ésta, de hecho, comienza por una mirada respetuosa, que reconoce en el rostro del otro a una persona, cualquiera que sea el color de su piel, su nacionalidad, su lengua, su religión”, añadió.
Seguidamente, preguntó: “¿Pero quién, si no Dios, puede garantizar, por así decirlo, la “profundidad” del rostro del hombre?”
Y explicó: “En realidad, sólo si tenemos a Dios en el corazón, estamos en condiciones de detectar en el rostro del otro a un hermano de humanidad, no un medio sino un fin, no un rival o un enemigo, sino otro yo, una faceta del infinito misterio del ser humano”.
Según Benedicto XVI, “nuestra percepción del mundo y, en particular, de nuestros similares, depende esencialmente de la presencia en nosotros del Espíritu de Dios”.
“Es una especie de “resonancia” -explicó-: quien tiene el corazón vacío, no percibe más que imágenes planas, privadas de espesor”.
“En cambio, cuanto más estemos habitados por Dios, seremos también más sensibles a su presencia en lo que nos rodea: en todas las criaturas, y especialmente en las otras personas, aunque a veces el rostro humano, marcado por la dureza de la vida y del mal, pueda resultar difícil de apreciar y de acoger como epifanía de Dios”, afirmó.
“Con mayor razón, por tanto, para reconocernos y respetarnos como realmente somos, es decir, como hermanos, necesitamos referirnos al rostro de un Padre común, que nos ama a todos, a pesar de nuestros límites y nuestros errores”, añadió.
El primer día del año empezó muy temprano para los miles de fieles en Roma que asistieron a la Misa en San Pedro.
Desde las ocho de la mañana, las cercanías a San Pedro estaban llenas de peregrinos esperando iniciar la segunda década del siglo XXI en compañía del Santo Padre.
Con las melodías de la Salve mater misericordiae entonadas por los integrantes del coro de la Capilla Sixtina, comenzó la entrada del pontífice y sus colaboradores a la Basílica.
En la oración de los fieles, los peregrinos hicieron las peticiones en portugués, chino, polaco y alemán, como muestra de la universalidad de la Iglesia.
En el momento del ofertorio, algunos niños llevaron las ofrendas al altar para presentarlas ante el Santo Padre.
Esta parte de la celebración eucarística en la primera misa del año tiene una connotación especial porque representa también los buenos propósitos para el año civil que empieza hoy.
También participaron en el rito del ofertorio algunas religiosas, laicos y al final, tres personas vestidas de reyes magos.
En la homilía, el Santo Padre ofreció una meditación sobre el tema del Rostro de Dios y de los rostros de los hombres, que ofrece “una clave de lectura del problema de la paz en el mundo”.
“El rostro es la expresión por excelencia de la persona, es lo que la hace reconocible y por lo que se muestran sentimientos, pensamientos, intenciones del corazón”, recordó.
“Dios, por su naturaleza, es invisible, sin embargo la Biblia le aplica también a Él esta imagen -añadió-. Toda la historia bíblica se puede leer como progresivo desvelo del rostro de Dios, hasta llegar a su plena manifestación en Jesucristo”.
Refiriéndose al título de “Madre de Dios”, explicó que “el rostro de Dios ha tomado un rostro humano, dejándose ver y reconocer en el hijo de la Virgen María”.
Benedicto XVI destacó que “Ella, que ha custodiado en su corazón el secreto de la divina maternidad, ha sido la primera en ver el rostro de Dios hecho hombre en el pequeño fruto de su vientre”.
“La madre tiene una relación muy especial, única y de todos modos exclusiva con el hijo recién nacido”, dijo.
“El primer rostro que el niño ve es el de la madre, y esta mirada es decisiva para su relación con la vida, con sí mismo, con los demás, con Dios -añadió-; es decisiva también para que él pueda convertirse en un “hijo de la paz”.
A continuación, el Papa ofreció una pequeña meditación sobre el icono de la Virgen de la ternura, que representa al niño Jesús con el rostro apoyado -mejilla a mejilla- en el de la Madre.
“El Niño mira a la Madre, y ésta nos mira a nosotros, casi como reflejando al que observa, y reza, la ternura de Dios, bajada en Ellos del Cielo y encarnada en aquel Hijo de hombre que lleva en brazos”, explicó.
“Pero ese mismo icono nos muestra también, en María, el rostro de la Iglesia, que refleja sobre nosotros y sobre el mundo entero la luz de Cristo, la Iglesia mediante la cual llega a toda persona la buena noticia”, añadió.
El pontífice señaló que “desde pequeños, es importante ser educados en el respeto al otro, también cuando es diferente a nosotros”.
Y renovó su llamada a “invertir en educación, poniéndose como objetivo, además de la necesaria transmisión de nociones técnico-científicas, una más amplia y profunda “responsabilidad ecológica”, basada en el respeto a la persona y a sus derechos y deberes fundamentales”.
Fuente: Cech
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